viernes, 2 de noviembre de 2012

EL REINO DEL DINERO (IV): El nuevo feudalismo



Durante este año me he ocupado algo de temas económicos, y específicamente de la cuestión de la soberanía monetaria y lo que ya es una evidente dictadura de la finanza internacional sobre los gobiernos. La serie El Reino del Dinero que –temo- es algo indigesta de leer, formada por tres partes: Húngaros, Mercaderes de humo, El opio del pueblo se ha ocupado de estos temas. Por otra parte en el blog El Velo Rasgado, que complementa el Oso, he publicado un cierto número de textos con la etiqueta Economía que completaré con un ciclo de Massimo Fini cuya primera entrada publico hoy. En conjunto explican lo esencial y son sugestivos para motivar al lector que quiera seguir profundizando en el tema.

El cuadro general que aparece es, en pocas palabras, una situación en la que un cierto grupo o casta se ha hecho o se está haciendo con el control de la sociedad y las palancas del poder, funcionando como una clase dominante mantenida por el resto de la población. La clase de quienes crean y manipulan el dinero en sus varias formas, que es el medio a través del cual ejercen el control.

El dinero es necesario pero no es un bien en sí mismo, sino un instrumento económico para facilitar el intercambio y medir el valor de las cosas. Por tanto debería ser propiedad de la comunidad. Quienes gestionan su circulación realizan un servicio como cualquier otro y tienen su lugar en la sociedad, que debería ser subordinado al poder soberano y nunca de hegemonía. La aberración se produce cuando el dinero es privatizado, cuando quienes lo gestionan lo prestan a la comunidad a cambio de intereses. Mientras dura este sistema la sociedad está siempre endeudada con ellos -por definición- cada vez más, y con el tiempo se van convirtiendo en los amos. Este es el núcleo de la cuestión, la palanca con la cual han escalado un poder que nunca deberían haber tenido.

Naturalmente que haya una clase o una casta dominante no es una situaciòn nueva, es la misma historia humana. En cada época de una nación o una civilización, un cierto grupo o una casta, expresión de una cierta funcion social, ha ejercido la hegemonía y ha impreso a la sociedad un cierto carácter, ha modelado un cierto tipo de cultura.

La hegemonía puede ser la de una aristocracia guerrera como en la Europa feudal y el Japón de los samurai, de una casta sacerdotal como en la India de los brahmanes y los antiguos imperios teocráticos, de una casta de funcionarios basada en la educacion como en la China imperial de los mandarines, de una oligarquia de mercaderes, etcétera. Las variantes son numerosas y la importancia relativa de las funciones sociales, cuál de ellas es el tema dominante en la sinfonía, imprime un sello a toda la cultura.

Pero no es lo mismo que manden los sacerdotes, los guerreros, de los filósofos o los banqueros. Y en efecto la degradación y la decadencia de la sociedad moderna tienen mucho que ver con el hecho de que la casta de los mercaderes de dinero sea la que domina. Pero ello será el tema de la siguiente entrada El estiércol del demonio.

Cada casta o grupo humano ha tenido sus medios para llegar al poder y al dominio de la sociedad. Podemos preguntarnos cómo, concretamente, los amos del dinero han llegado a obtener este poder. Sobre este punto hay una conocida historieta con cinco náufragos en una isla, cada uno de los cuales tiene una habilidad diferente. Forman una sociedad donde se intercambian su trabajo, pero este “comercio” es engorroso porque les falta una unidad común para medir y representar el valor, es decir les falta el dinero. A un cierto punto llega otro náufrago, un banquero, que les ofrece la solución del problema: el dinero, que él mismo imprimirá.

Pero en vez de hacerse pagar una cantidad establecida por este servicio y crear una cierta cantidad de dinero repartida entre todos y de propiedad de la comunidad, lo cual pondría al banquero en pie de igualdad con los otros aportando su particular habilidad, en el sistema que se inventa el dinero es de su propiedad y lo alquila a los demás a cambio de un interés.

Como hemos visto éste es el núcleo de la estafa monetaria. La diferencia es importante porque en el primer caso el banquero es un miembro más del grupo, el dinero pertenece a todos y es controlado por la comunidad, en el segundo el banquero no proporciona un servicio más porque es el propietario de la herramienta dinero y puede dictar sus condiciones. Al final todos acaban trabajando como esclavos para él, que poco a poco va comprando con el dinero que fabrica todos los bienes.

Hasta que a los otros se les inflan las narices y se preguntan por qué motivo el banquero tiene que ser el dueño de todo y dictar su ley. La historieta termina con el banquero puesto de patitas en el mar con su dinero.

Esta es una decripción bastante precisa aunque esquemática de lo que hoy es evidente pero comenzó hace bastante tiempo. En una isla con pocas personas naturalmente una operación como la descrita no sería posible y el final de la historieta es inevitable, pues en una sociedad tan reducida y elemental el juego sería claro para todos e inaceptable.

Todos se conocen personalmente, pueden abarcar la totalidad de la economía y de la vida en la isla directamente, por experiencia personal. Cada uno sabe lo que los demás hacen, los problemas son comprensibles a todos y les afectan directamente.

En una isla de miles o millones de personas las cosas cambian y la toma del poder por la finanza es posible. La economía es compleja, cada uno conoce personalmente sólo a un puñado de personas, las cuestiones son a mayor escala y la realidad se puede abarcar sólo mediante los medios de comunicación de la isla.

A este punto el banquero lo tiene bastante fácil para que el personal no termine arrojándolo al mar. Se garantiza una buena entrada de intereses con su invento, suficiente para pegarse la vida padre y tener en nómina –digamos- a cinco caraduras a los que paga más que bien. Dos de ellos –un poco ineptos y que no saben en realidad hacer gran cosa- fundan partidos políticos que bautizan como derecha e izquierda. Los otros tres vivales -tienen buena labia y saben por lo menos escribir- dirigen los tres periódicos de la isla, uno de derechas, uno de izquierdas y uno independiente. Los isleños votan, los políticos se pelean en los periódicos y se van alternando en los cargos.

Todos contentos. Si por casualidad un grupo de ciudadanos descontentos con el banquero se asocian e intentan utilizar el mecanismo democrático, fundar un partido para cambiar el sistema, curiosamente los tres periódicos parecen hablar con una única voz y lo cubren de fango, de manera que parece un partido criminal y la mismísima encarnación del mal. Si el banquero ha sido previsor, se habrá preocupado también largo tiempo atrás de subvencionar a uno o dos personajes sesudos e instruidos, para que sean los maestros intelectuales y la conciencia moral de la isla.

¿Cuál es el final de esta otra historieta? ¿Conseguirá el sistema ser estable y garantizar un bienestar a la población, suficiente para tenerla tranquila? ¿Fracasará el sistema y entrará en crisis? En este caso ¿Logrará el partido antisistema cambiar las cosas? ¿Pacíficamente? ¿Habrá una revolución?

Nadie tiene la bola de cristal. Lo que es cierto es que el final de la historia no está escrito en ninguna parte ni está determinado por una ley o ecuación matemática, conocida o por descubrir. Depende de la voluntad del hombre que es la que siempre da una forma a la historia, que es libre.

Habrá quien piense que la descripcion anterior es una caricatura. Efectivamente está supersimplificada y es muy esquemática, sin embargo corresponde en buena medida a la realidad. De acuerdo, quizás la democracia no esté aún tan vacía de contenido, puede que no sea así al cien por cien, pero por lo menos lo es –digamos- al setenta por ciento y va en aumento.

Ciertamente no seré yo quien resuelva en este blog el problema de la democracia y la representación, pero me parece claro que la forma de gobierno democrática y el sistema de partidos son el medio ideal para que el dinero y quienes lo controlan dominen la sociedad. Para que logren imponerse como la casta dominante en la sombra, más allá de la fachada de aparentes alternativas y el cacareo del gallinero de los partidos políticos.

Como mínimo el problema de una mejor forma de gobierno está abierto y si hay una verdadera cuestión política hoy, es de qué parte estar frente a la construcción de este nuevo feudalismo del dinero. Es la única significativa, porque es la cuestión de quién manda realmente. El resto es paja.
 
Pero al fin y al cabo alguien tiene que mandar en el mundo. ¿Es tan malo el feudalismo del dinero? ¿Es peor que el de los señores de la guerra feudales o que el de los sacerdotes o que la hipotética república de los filósofos? Las reflexiones que surgen de estas preguntas serán el tema de la siguiente y última entrada de esta serie.

Como último apunte sobre el sistema democrático, digamos que los fundadores de la democracia moderna tenían en mente una clase dirigente que representase a la sociedad y elegida por el pueblo, pero basada en el mérito, la educación y la excelencia personal, formada con criterios cívicos y de servicio a la comunidad.

Es evidente –o debería serlo- que estos criterios son totalmente incompatibles con la mentalidad igualitaria que hoy domina, y cabría discutir sobre su compatibilidad en la práctica con el sistema democrático. Pero más allá de esto y en cualquier caso, la élite destinada a dirigir la sociedad que tenían en mente aquellos pioneros era muy diferente de la casta política actual. Ciertamente lo último que querían aquellos padres de la democracia moderna era el feudalismo del dinero, que son embargo es el punto al que está llegando inevitablemente su sistema.

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