viernes, 21 de octubre de 2011

LANZAMIENTO DE ENANOS



 
Si el lector medio español siguiera con más atención de lo que acostumbra las cuestiones relativas al lanzamiento de enanos habría notado esta curiosa noticia:

 

Confieso que ignoraba la existencia de esta disciplina hasta que leí el artículo. Prácticamente se trata de lanzar un enano, protegido con casco y otros accesorios, o contra una pared o simplemente lo más lejos posible. Por lo visto es popular en locales de Australia, Estados Unidos, Reino Unido y Francia, y es también una ocupación de la que viven un cierto número de enanos, no sabría decir si muchos o pocos. QQQAAuien desee más informaciones puede profundizar esta interesante cuestión en Internet. He aquí un enlace con un par de vídeos de lanzamientos de enanos:



Para que digan que somos brutos aquí por lo de las fiestas de pueblo con novillos. No voy a negar que esta diversión sea un poco de cafres, y tampoco voy a escribir sobre el valor cultural del lanzamiento de enanos. Quizá otros lo harán y esta disciplina encuentre un día su cantor épico y su José Tomás. Independientemente de ello, una cosa es que nos apasione o no y otra querer vetarlo. En Florida se prohibió hace unos veinte años, de ahí la noticia comentada que habla de una propuesta para legalizarlo otra vez. En alguna otra parte es ilegal, como en Nueva York, en Canadá y en un pequeño pueblo de Francia cuyo alcalde sintió la urgencia de proteger la dignidad de los enanos, presumiblemente contra su propia voluntad pues no se obliga a nadie a participar en este juego.

Nos puede gustar o no, desde luego no es el trabajo más cualificado, no sé si gratificante o no, porque eso sólo lo saben los enanos lanzados. Pero lo que aquí debería contar es la opinión de los interesados y no una abstracta idea de la dignidad humana, impuesta desde fuera y por alguien que pretende prohibir porque le parece chocante o no le gusta la cosa. Esta manera de pensar, este moralismo, este afán de proteger a las personas sin tener en cuenta su opinión y de salvar a la gente de sí misma, es una de las peores semillas de la tiranía y el totalitarismo.

¿Me gustaría a mí ser lanzado como un juguete por –pongamos- los gigantones de un equipo de baloncesto en una noche de parranda? Pues no. Pero no es esta la cuestión. Otros pueden pensar que es una forma muy fácil de ganarse un dinerillo y en todo caso la ley no debe estar para esto, no se debe inmiscuir en cada rendija de la vida y regular hasta ese punto comportamientos privados. Por desgracia estamos cada vez más dentro de este sistema. Estamos llegando a una sociedad llena de prohibiciones, que organiza y se entromete en cada recoveco de la vida, en una enfermiza obsesión por llenar vacíos legales, por reglamentar y racionalizar la diversión, encauzarla por los raíles que deciden nuestros benefactores, las almas sensibles que se escandalizan si un grupo de amigotes borrachos pagan a un enano para que se deje lanzar por los aires.

Este tema de fondo aparece con una cierta frecuencia de varias formas. Por ejemplo, hace no mucho el alcalde de Madrid prohibió o quiso prohibir durante un período la actividad de los hombres-anuncio, esos que vemos con carteles colgados y normalmente anuncian tiendas de compraventa de oro o joyas. Naturalmente el alcalde no iba a dar un trabajo a estas personas o a compensarles de alguna manera. Su delicada sensibilidad se sentía ofendida viéndolos por la calle, pero no si se morían de asco privados de su medio de vida o de unos ingresos que podían ser para ellos importantes. Lo importante era que no se les viera por la calle llevando el cartel.

Tampoco parecen preocuparle a nadie esos otros hombres-anuncio que aparecen en los numerosos spots publicitarios que están concebidos para humillar al varón y hacerle aparecer como un pobre payaso en manos de la mujer. Algo que es mucho más indigno que llevar un cartel o ser lanzado por los aires, con el agravante de que aquí se contribuye a una campaña de lavado de cerebro dirigida contra todos los hombres. Naturalmente no defiendo que deban ser prohibidos, en nombre de una dignidad que ellos mismos deberían defender; me limito a decir que es necesario luchar contra ello, por ejemplo boicoteando totalmente las marcas que recurran a esta publicidad hedionda y misándrica. Lejos de mí un comportamiento como el de las feministas, a las cuales les rebosa su abundante hiel en una inundación incontrolable cada vez que ven algo que no les gusta, y por tanto toman acción inmediata para intentar prohibirlo y eliminarlo.

La cuestión de las órdenes de alejamiento impuestas contra la voluntad de las víctimas, que forma parte de la obsesiva campaña andrófoba centrada en la violencia de género, es otro ejemplo de arrogancia judicial que cae –parcialmente- en la misma categoría. Si una mujer prefiere seguir viviendo con un violento (uno que lo sea realmente y no una de las innumerables víctimas de acusaciones falsas o ridículas) llegados a ese punto es su problema y su responsabilidad, sin que el Estado tenga por qué protegerla de sí misma. En otros casos menos graves esta intervención continua de la justicia lleva solo a arruinar las relaciones entre personas y a separar las familias, exasperando y empeorando problemas que se habrían  podido resolver sin la impertinente intervención de la ley. Pero eso no haría lucrar a toda la industria y el tinglado que se mantiene destrozando la vida de la gente. No olvidemos que uno de los objetivos no declarados de toda esta legislación es destruir la familia.

La cuestión adquiere además tintes dramáticos y propios de una pesadilla si consideramos que de aquí a unos años, si es que no sucede ya, puede no ser necesaria la denuncia de la mujer sino ser suficiente la de terceros o la opinión de expertos.

La prostitución es otro de estos temas, aunque en esta cuestión interviene también el afán de persecución contra el varón que está en el fondo del prohibicionismo feminista. Este afán se solapa con la voluntad, la idea fija de proteger a las personas de sí mismas y de imponerles una visión particular de lo que es digno y lo que no. Si dos personas adultas desean llegar a un acuerdo, dinero en cambio de sexo, nadie debería meterse por medio. Lo correcto y legítimo, eso sí, sería regular esta actividad no con criterios moralistas, sino de decoro público y respeto a los demás, para evitar espectáculos lamentables y diseducativos. ¿Existen explotación, mafias en este oficio? Por supuesto, pero también existen muchas mujeres que escogen dedicarse a ello teniendo otras opciones porque es dinero fácil, y también unas cuantas cuya vocación natural es precisamente ésta, remunerada o no. Que levante la mano quien no haya encontrado alguna en su vida. Querer vetar la prostitución por sus aspectos negativos, en vez de regularla e intentar mitigar éstos, es como pretender prohibir la agricultura por las situaciones de ilegalidad y explotación de mano de obra agrícola.

Resumiendo y concluyendo, el hilo conductor que va desde el curioso asunto de los enanos lanzados en locales nocturnos, a los hombres anuncio y a las putas,  es un afán de reglamentar la dignidad humana, de codificarla en leyes en una concepción que no puede ser más que abstracta y arbitraria, en definitiva un aspecto más de un totalitarismo que pretende regularlo y organizarlo todo; se trata de algo más que de una manía, merece ser llamado patología, una actitud que traiciona una voluntad impertinente de control y de poder, en nombre de un modelo único que se supone válido para todos. Un modelo diseñado sobre el papel, lejano de la realidad humana, su libertad, sus luces y sus sombras.

Saludos del Oso.

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